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EL “DEDAZO”, A PRUEBA

Opinión / Columna

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 Con la excepción de Ernesto Zedillo, todos los presidentes de gobierno priistas han definido candidato. En muchas ocasiones los criterios han sido, o simplemente la afinidad personal, o la continuidad de un proyecto. 

 O sea, a lo largo de la historia, desde 1929, con el PNR, antecesor del PRI de hoy, ha sido unas veces el corazón, otras veces la razón, el fundamento presidencial para nombrar a quien desea dejar en  su lugar. 

 Sin embargo, hoy ya no son los tiempos de Diaz Ordaz, Echeverría o Lopez Portillo. Hoy, en lo tiempos de Peña Nieto, quien sea designado por este, no tiene la garantía de que será el próximo presidente. 

 Hoy más que nunca hay una verdadera competencia electoral y el candidato presidencial tendrá que convencer con su oferta a muchos millones de mexicanos para poder llegar a gobernar. 

 En la teatralidad priista, su dirigencia anuncia que en la designación de su abanderado presidencial y de sus candidatos a legisladores será “a través de una convención de delegados”. Nada más falso, pues priistas y no priistas saben que el ungimiento de candidatos lo último que prevalece es algún concepto de democracia interna.

 El dueño del PRI lo es el Presidente, y por lo menos el principal nombramiento, es una total y absoluta decisión personal en la que no interviene nadie. 

 El “dedazo” ha sido siempre aceptado por las huestes tricolores con disciplina y nunca a nadie se le ha ocurrido oponerse o criticarlo. Sería impensable que alguien señalara públicamente que es una manifestación de autoritarismo absoluto. 

 Así será en unas cuantas semanas. El poder presidencial manejando a su antojo al partido que lo llevó a Palacio Nacional, porque así lo dice la historia y la tradición. Y si algunos pensamos en algún momento que era esta la ocasión para enterrar al dedo del gran elector, nos equivocamos terriblemente. 

 El “dedazo” continúa, y como en otras ocasiones, el juego perverso presidencial nos enseña una carta muy obvia, cuando en realidad su decisión está tomada hacia otro lado. 

 Las dos veces que en los últimos 50 años el PRI ha perdido la elección presidencial, su candidato no ha salido de una decisión unipersonal de un presidente, ello ha fortalecido la idea de que solo por medio de un método de selección tan propio y único, como el que les ha dado resultado muchas veces, podrán alcanzar el éxito. 

 Pero nunca como en esta ocasión, llegaran tan debilitados a la gran cita. Nunca con un presidente tan desgastado en todos los sentidos, nunca con una verdadera competencia, nunca con una sociedad más despierta e informada. 

 El “dedazo” puesto a prueba. Las condiciones en las que se aplica hoy son totalmente distintas. Y la disyuntiva presidencial de escoger con la cabeza o con el corazón, hoy más que nunca será trascendente.